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MUERTE EN VENECIA

14 May , 2022  

Cristina Martínez Martín

El valor del esfuerzo

 

MUERTE EN VENECIA

 

 

Cuando propuse esta película, no lo hice porque me gustara especialmente sino porque en su día me fascinó y esa fascinación ha durado a lo largo de los años…

El compositor Gustav von Aschembach viaja a Venecia para curar una depresión severa y allí se encuentra cara a cara con lo que ha sido la meta de su vida: alcanzar la belleza y esa belleza la encarna un adolescente, Tadzio.

La película tiene cuatro protagonistas: el profesor Aschembach, Tadzio, Venecia y el sonido constante, envolvente y cautivador de la música de Malher.

 

El tema central lo constituye la lucha interna de este hombre, un creador, un artista, al encontrar a Tadzio, de quien se enamora irremediablemente pese a su desprecio por los homosexuales, en tanto sus convicciones como hombre casado y burgués se derrumban. El profesor Aschembach desea a alguien de su mismo sexo en una sociedad que castiga con ferocidad a los desviados. La mirada enigmática y provocadora de Tadzio confronta a Aschembach con su homosexualidad reprimida y con su cobardía.

“El artista debe ser ejemplar” recuerda que habia sostenido en una discusión con su discípulo Alfred. “La creación debe ser un acto espiritual y el artista debe dominar sus sentidos”. Sin embargo, su discípulo le reprocha esos paradigmas porque el arte, según Alfred, resulta estéril cuando se domestica y es indiferente a la moralidad.

El otro tema asimismo presente en toda la película desde el principio es la muerte. Ese barquero que no lo lleva al sitio que él desea sino al Lido en una góndola negra, es un mensaje indicando que no se puede escapar del destino.

Una vez alcanzada su meta en la vida, con el descubrimiento de la belleza y del amor en estado puro, solo le queda al profesor Aschembach una escapatoria: la muerte y no una muerte cualquiera sino un orgasmo mortal. Eros y Thanatos se dan la mano en la escena final.

La peste que asola la ciudad y que los venecianos ocultan para no espantar al turismo facilita la critica de Visconti sobre el beneficio económico que prevalece sobre el bien común hasta el punto de hacer peligrar la vida de todos. En ultima instancia hay que tapar y esconder lo irremediable, la vejez; la vejez como algo degradante y nunca aceptado con dignidad, por eso Aschembach se somete a un camuflaje humillante y a un tinte que al final lo delata.

Nadie mejor que Luchino Visconti, para retratar la decadencia y el final de esa clase social que aparece en la película y a la que él mismo pertenece. Esa decadencia reflejada en sus películas es un preludio de la primera guerra mundial.

El escenario es suntuoso. En el lujoso hotel cada huésped es atendido por una legión de sirvientes. La decoración refleja un gusto exquisito y la vestimenta tipo belle époque es una maravilla. La fotografía también es extraordinaria y por momentos recuerda a los cuadros de Sorolla.

Dick Bogarde convence como ese alma torturada, ese cobarde infame al que libera de sus convenciones sociales su propia muerte. Silvana Mangano está excelente como esa gran dama, fría y estirada, que se considera por encima de los demás mortales y refleja a la aristocracia.

Visconti se basó en la obra de Thomas Man, y según los críticos en la vida de Gustav Mahler, pero a mi me parece que, sobre todo, se retrata a sí mismo en Muerte en Venecia. Esa ciudad que emerge del agua y que se está hundiendo eternamente es la visión de su propia vida. Hay mucha amargura en esta película y una critica acerva a la cobardía del protagonista, a la negación de la vejez y al egoísmo e hipocresía de la sociedad en general . Pero hay también una puesta en escena extraordinaria, una fotografía sublime, un vestuario exquisito y cuidado en los menores detalles, una actuación impecable, una música genial y un drama humano eterno y universal, todo lo cual nos reconcilia con uno de los más geniales inventos del siglo XIX, el cine.

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Maupassant y la presencia

26 Mar , 2022  

Maupassant y la presencia

Ester Lineros Nogales

El viaje a ninguna parte

Hace bastantes años pasé unos días de recreo en un bonito y vetusto balneario de origen romano. Estaba, y está, situado en el pueblo de Alange, muy cerca de Mérida. Mi familia y yo nos alojamos en una casa hotel que constaba únicamente de cinco habitaciones llamadas de singular manera: el primero de la clase; el segundo de a bordo; el tercer ojo; el cuarto oscuro y el quinto pino. A mí me tocó alojarme en el quinto pino. Las habitaciones estaban dispuestas en fila a lo largo de un estrecho pasillo. Mi habitación era realmente bonita y amplia. Disponía de un cuarto de estar y un cuarto de baño cuya pared de fondo estaba pegada a la colina rocosa a la que está adherido todo el pueblo de Alange. Arriba, en un altillo, una cama grande. Sobre las mesitas de noche unos cuantos libros para solaz de los clientes. Entre ellos, un libro de relatos de Guy de Maupassant.

Mi estancia en el balneario transcurrió, como no podía ser de otro modo, entre chorros y vapores, piscinas, masajes, siestas y paseos. Me dejé invadir por la molicie más completa. Sin remordimientos. Por la noche, al refugiarme en el quinto pino, leía. Una de esas noches me entretuve leyendo un relato que hablaba de un burgués con casa en el campo que todo el tiempo sentía una presencia incorpórea. Aún sintiendo inquietud, lograba dominarse y convivir con ella, o con él. Al leer esto, todo mi ser se estremeció. Dos días antes, al entrar por primera vez en el quinto pino, yo también había sentido la presencia de alguien. Alguien compartía el cuarto conmigo. Alguien me observaba. Alguien estaba conmigo mientras me aseaba, mientras me vestía… Como el personaje de Maupassant también logré dominarme, convivir con la presencia y dormirme con una ligera sensación de terror. Por supuesto nunca más volví a Alange. Y Maupassant pasó a engrosar mi lista de autores proscritos.