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¿Estamos realmente polarizados?

Jesús Navarro

Universidad de Sevilla

jnr@us.es

Sin certezas

 

El pasado 1 de marzo el Foro de Análisis acogió la excelente conferencia de Gonzalo Velasco Arias, profesor de la Universidad Carlos III de Madrid, titulada Polarización sin Reconciliación. Su título intentaba zarandear una convicción bien arraigada: tendemos a pensar como borregos, inclinándonos hacia el extremo ideológico de nuestro grupo y hemos de pensar por nosotros mismos, buscando una reconciliación no radicalizada. No debemos dar esta convicción por sentada, nos dijo el conferenciante, pues ni hay tanta polarización como creemos ni es preciso escapar a ella buscando términos medios.

A fin de fundamentar la sospecha de que no estemos en una sociedad tan polarizada como nos la pintan, Velasco Arias distinguió entre polarización ideológica (en lo relativo al contenido de nuestras actitudes en general) y polarización afectiva (acerca de la fuerza o intensidad con que sostenemos esas actitudes) y sostuvo que, ni en un sentido ni en el otro, estamos tan polarizados como nos hacen creer, pues de hecho, en lo relativo a la mayoría de las políticas públicas concretas, no tenemos, en realidad, actitudes tan diferentes. El problema es que los distintos partidos generan esa impresión polarizada a fin de ganar adeptos, elevar la tensión social y forzar ciertas derivas en el debate público. ¿Por qué funciona esta estrategia entonces? ¿Por qué picamos? La respuesta es que esta dinámica explota ciertos mecanismos que son, ellos mismos, beneficiosos y necesarios para navegar el entorno social, sobre todo en tiempos de inestabilidad e incertidumbre. Como individuos, cada uno de nosotros tiene incontables carencias epistémicas (cuestiones acerca de las cuales no sabemos, ni podemos cabalmente formarnos una opinión bien fundamentada), pero que tenemos necesidad de cubrir. Y para ello es racional que deleguemos en nuestro grupo, con los que compartimos muchas opiniones que consideramos acertadas (lo cual es un buen motivo para pensar que, dado que, desde nuestra perspectiva, los ‘nuestros’ aciertan en cosas que sabemos, o creemos saber, también deben de acertar en otras). De esta forma, adquirimos una especie de paquete identitario de opiniones, posiciones y actitudes, donde se nos resuelven esas carencias, alineándonos con una ‘tribu’ ideológica con la que tenemos mucho en común. Esos paquetes son explotados por los partidos buscando lealtad ideológica, priorizando la visibilidad de las actitudes extremas, incitando actitudes morales en cuestiones que, en realidad, no son de carácter moral, y fomentando un posicionamiento “absolutista”, como si uno estuviera en posesión de la verdad definitiva. Como efecto de todo ello, la moderación acaba estando penalizada como deslealtad y la agenda pública queda fragmentada en posiciones tribales reticentes al pacto y al consenso. El problema no es, según el autor, que actuemos como masa cuando deberíamos ser capaces de pensar por nosotros mismos: el problema es que dinámicas grupales que, en sí mismas, son beneficiosas y necesarias, son explotadas estratégicamente para producir la sensación generalizada de que las posiciones están polarizadas, cuando no lo están tanto.

Velasco Arias nos invitó a abandonar las “proclamas nostálgicas” que añoran un tiempo pasado donde fuimos mejores: más autónomos, más moderados, menos tribales, menos polarizados. El problema de ese discurso nostálgico es que se le escapa el hecho de que nuestra dependencia cognitiva y afectiva de los demás es inevitable, tanto antes como ahora. La novedad, si acaso la hay, es que hemos pasado de confiar en las intermediaciones tradicionales (los expertos, los mass media, el discurso oficial), para pasar a delegar en mecanismos de agregación (buscadores, reseñas de usuarios, bots) movidos por la intención de informamos directamente, por nosotros mismos, apoyándonos en fuentes que generan la engañosa sensación de que observamos sin mediadores. Esta actitud fomenta la arrogancia y la obstinación en un entorno que ha sido diseñado para la propia reafirmación, explotando nuestros sesgos de confirmación con la información que nos satisface. También cuestionó Velasco Arias que haya una sentimentalización de la política y de la vida pública. Más que sentimentalización, sostuvo, hay un proceso de moralización que tiende a considerar como disputas morales cuestiones que en realidad no lo son, moralización que viene acompañada de actitudes absolutistas.

Velasco Arias cuestionó que sea culpa nuestra, de cada individuo o ciudadano, el mal estado del espacio público, ni que sea responsabilidad de cada uno poner su granito de arena para solventarlo. Esta perspectiva, que emparejó con la llamada “epistemología de virtudes”, se centraría en el refuerzo de la pedagogía desde la escuela hasta la edad adulta, la actualización de las competencias en el contexto digital y el refuerzo de actitudes responsables entre los ciudadanos, como la tolerancia ante posiciones lejanas en el espectro ideológico o la capacidad crítica ante la tergiversación y la mentira. La limitación de esta perspectiva, según  nuestro invitado, es que nos culpabiliza ante el fenómeno de la polarización y la credulidad por nuestros vicios y sesgos, presuponiendo que la mayoría de los individuos actuamos de forma viciada o defectuosa, cuando se trata de un problema resultante del ‘sistema dinámico’ en el que participamos, lo cual requiere de una aproximación estructural. Es el diseño de las redes sociales y el entorno digital lo que favorece sesgos emocionales, genera cámaras de eco autoconfirmatorias, explota inclinaciones atencionales con fines espurios y, en definitiva, hace mucho más difícil la tarea de ser agentes responsables. Ante esta situación, no se trata de plantear el dilema entre si hemos de delegar o no al formar creencias o al intentar comprender la realidad que nos preocupa, pues no hay opción real a la delegación en la mayoría de las cuestiones. El fomento de virtudes epistémicas basadas en la independencia y la autosuficiencia cognitiva se convierte en “un brindis al sol” que nos frustra y cronifica nuestra mala conciencia. Frente a esa mala comprensión de la mayoría de edad ilustrada, entendida como mera independencia de criterio, Velasco Arias sostiene que no es irracional ni irresponsable habitar en nuestras respectivas cámaras de eco ideológicas, sino una forma sensata de delegar en nuestros grupos identitarios. Del mismo modo, las noticias falsas no son el resultado de vicios epistémicos, como podrían ser la credulidad o la obstinación, sino las consecuencias indeseadas de prácticas individuales que son, en sí mismas, razonables. Y estas nefastas consecuencias no serían mera casualidad, sino efecto de una explotación malintencionada. De ahí que las posibles reformas no hayan de ir por el fomento de “heroicidades individuales”, sino en la dirección de modificar los entornos que articulan nuestras relaciones sociales online y en persona.

La conferencia acabó con un alegato contra la equidistancia, denunciando la argucia de la extrema derecha en países como EEUU o España, consistente en posicionarse en el debate en un extremo del espectro ideológico a fin de hacer aparecer las posiciones progresistas como radicalizaciones en el extremo opuesto. El objetivo de esta práctica, denuncia el autor, es forzar posicionamientos supuestamente “moderados” en busca de un nuevo equilibrio, lejos de polarizaciones—una nueva moderación centrista que, de facto, se encuentra mucho más a la derecha de lo que estaba antes. Quizás no sea tan real el fenómeno de la polarización, pero sí lo es nuestra preocupación por ella, en la medida en que ha sido inducida artificiosamente para interferir en el debate público horadando consensos que considerábamos bien establecidos, que fundamentan nuestra convivencia. De ahí que el diagnóstico de la polarización y, sobre todo, la supuesta necesidad de superarla mediante la reconciliación moderada, sea algo que conviene considerar con cautela.

Suscribo la inmensa mayoría de lo que sostuvo Velasco Arias, pero terminaré apuntando brevemente los tres puntos que me han resultado más discutibles.

En primer lugar, si bien la distinción entre polarización ideológica y afectiva es sumamente apropiada, echo en falta una distinción adicional entre polarización acerca de cuestiones de hecho o acerca de cuestiones normativas (del tipo que sean: moral, político o meramente prudencial). La forma de desacuerdo que sustenta estos dos tipos de polarización es muy distinta. Un desacuerdo de hecho, o factual, debería en principio ser susceptible de resolución apelando a las evidencias con actitud descriptiva, mientras que un desacuerdo normativo puede ser mucho más recalcitrante, dado que se puede estar de acuerdo con respecto a lo que hay o a lo que ha ocurrido, pero valorarlo de forma muy distinta, sin que sea en absoluto fácil encontrar puntos comunes para la resolución del conflicto normativo. ¿Hablamos del número de muertos que hubo en el bombardeo o de si quien lanzó las bombas estaba legitimado a hacerlo? ¿Hablamos de si el feto en tal momento de la gestación realiza ya ciertas funciones o de si sería aceptable detener el embarazo? ¿Hablamos de si se ha incrementado el índice de salarios o de si sería más justo otro reparto de las ganancias? Uno de los aspectos más problemáticos de la polarización social reside en que se entrecruzan estos dos tipos de desacuerdos, e incluso se confunden en lo que se ha venido a llamar “desacuerdos profundos”, de modo que lo que debería  poder resolverse apelando a los hechos, termina siendo fuente de controversia indefinida debido a la resistencia a las evidencias y la redirección del debate hacia cuestiones diferentes. No tiene por qué apoyarse esta distinción en la vieja convicción positivista de que los hechos nos vienen “dados”, ni mucho menos. Los hechos sólo entran en el debate público cuando están, valga la redundancia, lo suficientemente hechos: comprobados, contrastados, verificados según estándares y procedimientos que son, ellos mismos, normativos y dependientes de la comunidad. Pero eso no hace que la disensión sobre los hechos deba confundirse con el desacuerdo normativo, que expresa nuestros valores e ideologías. Podemos estar en desacuerdo acerca de cuáles son los hechos relevantes (si lo son los que están encima de la mesa en el debate o, más bien, ciertos hechos alternativos que uno quiere traer a colación); pero una vez fijamos la atención y la pregunta en cierto hecho y no en otro o somos capaces de distinguir nuestro desacuerdo fáctico al respecto de los incontables desacuerdos normativos circundantes o nuestra conversación es imposible. Esta confusión es, en mi opinión, una clave fundamental para entender cómo afecta la supuesta polarización al debate público contemporáneo. Y la eché en falta en la conferencia.

En segundo lugar, creo que la necesidad de elegir entre una perspectiva centrada en virtudes individuales y una en intervenciones estructurales es un falso dilema. No cabe definir las virtudes al margen del contexto: las que, tal vez, fueron virtudes epistémicas o morales en un contexto pre-digital no lo son ya en el nuevo contexto si esas disposiciones, por principio, ya no nos encaminan ya hacia aquello que consideramos valioso. Fomentar las viejas virtudes era un ejercicio de responsabilidad en el contexto donde estaban vivas y eran eficaces; hacerlo ahora, cuando sabemos que no lo son, se convierte en cinismo. El cultivo de esas virtudes pasadas sólo valen como mera excusa, y no como justificación para nuestros actos o nuestras creencias, al ser conscientes de que ya no funcionan. De cualquier modo, la elección entre una cosa o la otra (fomento de virtudes individuales o reformas estructurales) no corresponde más que, si acaso, a aquéllos que tienen en sus manos las políticas públicas. Para los educadores, progenitores o para todo aquel que esté preocupado por la incidencia del nuevo contexto social y digital en sus propias actitudes, no cabe otra vía que centrarse en aquello que está en su mano modificar, que son sus disposiciones y virtudes personales (no entendidas como aquello que funcionaba antes, sino aquello que podría funcionar ahora). Si bien parece perfectamente acertado el juicio acerca de la necesidad de reformas estructurales (de redes sociales, procesos públicos de deliberación, mass media, etc.), éstas habrán de ser pensadas desde una perspectiva que integre y fomente las nuevas virtudes individuales, adaptadas al contexto contemporáneo.

Y, tercero, por mucho que uno pueda coincidir con el juicio final acerca de cómo la estrategia trilera de la extrema derecha persigue la polarización para forzar un nuevo centro político supuestamente ‘moderado’, pero escorado de hecho a la derecha, uno, no puede dejar de preguntarse si la imagen que asumió nuestro conferenciante del consenso fundacional de la democracia no es, en realidad, una de aquellas “proclamas nostálgicas” contra las que él mismo nos había prevenido. ¿Tuvieron realmente nuestras democracias alguna vez un punto de partida tan hermoso? ¿O, más bien, ese supuesto consenso fundacional es una ficción del origen, un mito, tal vez necesario, pero escasamente realista? Si esos consensos no fueron propiamente tales, sino más bien silenciamientos, y barrieron mucho debajo de la alfombra, se podría entender que la estrategia de la polarización hacia la derecha en realidad está sacando a la luz cuestiones que nunca fueron resueltas, en vez de reabriendo heridas que habían quedado cerradas. En este punto, quizás lo que tengamos que hacer sea asumir que no se trata de erradicar los radicalismos de la derecha de una vez y para siempre, pues ni fueron erradicados en el origen de la democracia ni los erradicaremos ahora. Más bien, la cuestión es cómo podemos gestionarlos en el día a día, indefinidamente, de forma que no hagan colapsar el sistema ni nos hagan perder lo que consideramos más fundamental de nuestro modelo democrático. Si se me permite la analogía: no se trata de resolver la radicalización de la derecha de una vez por todas, sino de gestionar adecuadamente los residuos autoritarios que producen, y siempre producirán, nuestros sistemas democráticos. No hemos de perseguir una erradicación definitiva, sino un sistema eficiente de gestión de basuras.

Resumiendo mis tres críticas: primero, es preciso atender a los aspectos específicos de la polarización sobre cuestiones de hecho, a diferencia de la polarización sobre cuestiones normativas, una idea que no se capta en la distinción entre polarización ideológica y afectiva. Segundo, la alternativa entre un tratamiento centrado en virtudes individuales y uno estructural es un falso dilema: las virtudes individuales son lo que, de hecho, tenemos razones para pensar que funciona bien en las estructuras donde actuamos, de modo que las dos estrategias están entrelazadas. Y, tercero: la idea de que las nuevas polarizaciones rompen un consenso fundacional de nuestras democracias es, ella misma, una proclama nostálgica contra la que conviene estar prevenidos. Creo que son tres cuestiones de importancia, pero que no desmerecen el valor de una conferencia sumamente estimulante y enriquecedora — tanto como el libro del que la conferencia fue una buena síntesis: Pensar la polarización (Barcelona, Gedisa, 2023), cuya lectura recomiendo vivamente.

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Un comentario

  1. Yo como ciudadano de a pie tengo que entender primero que cualquier tiempo pasado no fue mejor, fue diferente y exigió renuncias por todos para conseguir algo mejor. Segundo la humanidad se desarrolla entre dos polos, el individuo y/o la colectividad, el equilibrio perfecto es una entelequia la ausencia de movimiento el centro perfecto es la muerte, los dos extremos máximos también suponen la destrucción. Tercero la cesión no supone la renuncia a tu programa máximo. Si tenemos en cuenta estos tres puntos los ciudadanos de a pie podremos decidir con perspectiva superar la polarización siempre intencionada.

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