ARTÍCULOS,POLÍTICA

La politización del dolor

29 Oct , 2016  

CCommon[1]


Juan Manuel Álvarez Espada

 

Desde Encinasola

La película chilena NO, nominada al Óscar a mejor película extranjera en 2012, es un thriller político, hábilmente dirigido por Pablo Larraín e interpretado en sus principales papeles por Gael García y por Alfredo Castro. Narra cómo el plebiscito celebrado en 1989 y auspiciado por el General Pinochet para perpetuarse en el poder[2] fracasó, debido a la victoria del marketing del “NO” creada por René (Gael García) frente a la derrota del marketing del “SI” creada o más bien dirigida por el jefe de René, Lucho Guzmán (Alfredo Castro).

La película para mí, tiene dos momentos clave. En el primer momento, que transcurre en el minuto 22, los partidos de la oposición enseñan a René el vídeo de campaña que han hecho. Es un vídeo oscuro, lleno de dureza, con nombres de desaparecidos durante la dictadura, con cargas policiales, personas llorando, etc. Mostraba claramente dolor. René sabe que ese video de campaña no va a funcionar. Propone a los partidos la realización de una alternativa. En el segundo momento, a partir del minuto 34, se muestra a los principales dirigentes de los partidos el nuevo vídeo de campaña. Luminoso, lleno de esperanza, con personas jóvenes y mayores mezcladas, con abrazos, con alegría (ver este video en formato original aquí) y con un estribillo que fue capaz de enganchar con los ciudadanos, “Chile, la alegría que viene”.

La reacción de algunos dirigentes (al final hablaré de ellos), fue de estupor y de enfado, echando en cara al publicista que no se respetara la dignidad de los muertos o los encarcelados durante la dictadura.

Sin embargo, el “NO” con este video, acabó ganando al “SI” por un estrecho margen.  Comenzó en ese punto, una transición que acabó con el restablecimiento de la democracia.

Esta película, es un claro ejemplo de cómo ciertos partidos políticos necesitan del dolor para poder articular un discurso político.

Aquí en España, también hubo una transición, llegó la democracia y también tuvimos una canción icónica que hablaba de esperanza, de no mirar atrás, “libertad sin ira”.

Pero volvamos a Chile. Después de la llegada de la democracia, con una fuerte politización, como era de esperar, esta se fue relajando con el paso de los años hasta una despolitización casi general de los ciudadanos. Lo relató muy bien Alberto Mayol en un estudio que tuve que leer hace años.

Mayol, consideraba que, cuando los ciudadanos se relajan en el cumplimiento de sus funciones de control dentro del marco de una democracia representativa, ante un determinado problema, general o específico, las instituciones no funcionan, convirtiéndose en un obstáculo y generando un malestar, un dolor, que dirige sus energías hacia un conflicto con el poder establecido. En este caso, el problema era la situación de la educación en Chile. De unas protestas ilegítimas se pasó a ser parte fundamental del modo en el que los ciudadanos lograron legitimar su dolor y malestar ante el gobierno. Y es que, como refleja el autor al final de su estudio, cuando las instituciones miran para otro lado o no se preocupan por el bienestar de los ciudadanos, puede producirse un conflicto que hábilmente manejado puede subvertir el orden establecido. Todo ello ocurrió en 2011.

Hace unas semanas Pablo Iglesias decía en la cuenta de twitter de Podemos que: “Debemos politizar el dolor, que el dolor se convierta en propuestas para cambiar la realidad”.

Realmente, no creo que tenga nada que ver, como decían en tweets de respuesta, ni remotamente, con la “socialización del dolor” que el brazo político de ETA impuso en 1994, para ampliar su actividad terrorista, comenzando en ese momento, los asesinatos de políticos a nivel nacional.

Tampoco creo que la expresión “politizar el dolor” sea una frase calculadamente ambigua, algo a lo que nos tiene acostumbrados los movimientos políticos de corte utópicos. Algunas son macabramente famosas: “el trabajo os hará libres” o “el gran salto adelante”.

Es algo más complejo.

La primera vez que oí hablar de la “politización del dolor” fue en los días posteriores a los atentados del 11-M, donde políticos de izquierda acusaban a políticos de derecha de utilizar el dolor como práctica política. Por cierto, ya que estamos, hubiese recomendado al entonces al Presidente Aznar, que hubiera leído a Graham Allison y su Esencia de la decisión, donde realiza un análisis de la famosa crisis de los misiles de Cuba y propone una serie de teorías sobre la toma de decisiones por parte de organizaciones gubernamentales en ambiente de incertidumbre. Podría haberle ayudado a gestionar mejor la crisis.

Pero el tema viene de lejos y entronca con la teoría del conflicto que, en los años 50 consideraron sobrepasada la teoría de Durkheim y Parsons, sobre el funcionalismo estructural. El funcionalismo estructural, establecía la utilidad otorgada a las acciones del poder para sostener el orden en las sociedades, sin fisuras y sin movimientos. Si hablamos de pragmatismo o incluso de teoría de sistemas, también se identificará con la misma idea.

La teoría del conflicto confería, según uno de sus precursores, Schelling, un aspecto interesante a los conflictos que también se usa en la teoría de juegos en inteligencia artificial o en estrategia, la mayor parte de ellos implica que las situaciones dentro de un conflicto son básicamente situaciones de negociación más o menos encubiertas.

Sabemos que un conflicto, genera habitualmente, situaciones de injusticia, situaciones de dolor, que implican en la mayoría de las veces, la negociación y el uso del poder para su solución.

Pero, ¿qué ocurre cuando en un conflicto en vez de utilizar el aspecto negociador, utilizamos un aspecto más subjetivo, el dolor que conlleva ese conflicto?

Se plantea, entonces, una contradicción en el sistema político. Por un lado, el estado con toda su estructura debe proporcionarnos bienestar. Sin embargo, si existe un conflicto y el propio sistema no es capaz de solucionarlo, genero dolor y por tanto repudio a ese sistema, que no me representa, no es capaz de solucionarme el dolor que me provoca.

Es en ese punto, donde el movimiento neomarxista de finales del siglo XX, ha aplicado toda su inteligencia política para superar, por la izquierda, la teoría del conflicto y el funcionalismo estructural del sistema de democracia representativa. Utilizar el dolor se ha convertido en un arma revolucionaria.

Si el estado no es capaz de solucionar el daño que provoca el dolor, podemos encauzar ese dolor hacia un movimiento político que sustituya la contradicción clasista por la dialéctica entre el bloque de dominadores (el estado) y los dominados (el pueblo o la gente que sufre el dolor). Su máximo exponente es Ernesto Laclau. Ese movimiento popular, bien alienado con su intelectualidad (su superestructura), podría favorecer una nueva revolución, una nueva transición. No tan violenta como las de principio del siglo XX pero si lenta e inexorable. Precursor de ello fue Gramsci dejándolo escrito en sus Cuadernos de la cárcel. No hace falta destruir el capitalismo o las clases dominantes, simplemente se necesita cambiar aspectos económicos e intelectuales (jurídicos, ideológicos, políticos y culturales – la superstructura) para alcanzar el poder y perpetuarse en él. Es una de las claves de lo que denominamos populismo.

Un ejemplo: que la corrupción es un tema candente, no es nuevo, en nuestra joven democracia (por no irme más atrás) ha habido casos bastante sangrantes. Aparte de amigos de lo ajeno, tenemos partidos y organizaciones públicas ilegalmente financiados y condenados por ello: PSOE (caso filesa, Malesa y time-sport), UGT (caso PSV), Unión democrática de Cataluña (caso Pallerols), Convergencia (caso 3%), etc… y otros partidos que van camino de ser condenados, si sigue así la cosa. Sin embargo, si uno relee tranquilamente el CIS (cosa que me gusta hacer de vez en cuando) puedes encontrar cosas interesantes. Una de ellas es que la corrupción estuvo siempre por debajo del 1% de preocupación de los españoles desde 2003 hasta 2013. A partir de ese año hasta 2016 ha ido escalando puestos hasta preocupar a más del 30% de los españoles.

¿Por qué ese cambio?, ¿acaso la corrupción es novedosa? Nada más lejos de la realidad, el punto álgido se dio cuando se formó la tormenta perfecta. Una crisis galopante, fuerte pérdida de empleo, ERE’s masivos, desahucios, recortes desde 2010). Una crisis que golpeó al ciudadano y que veía a su vez casos de corrupción sangrantes. Ahí se creó el dolor. El sistema político y su gestión no era capaz de darme trabajo y permitía los casos de corrupción (esto lo hemos oído muchas veces). Y hubo aprovechamiento de ese aspecto subjetivo para canalizarlo como movimiento político, en un principio transversal, aunque, como he comentado otras veces en este foro, completamente escorado a la izquierda, porque bebe de las fuentes teóricas e intelectuales de las teorías neomarxistas y populistas.

¿Es ese el camino? A mi juicio, NO es el camino.

Es cierto que los poderes públicos establecidos no han funcionado, ha sido la sociedad la que fundamentalmente se ha movilizado para intentar paliar el dolor. Miles de ciudadanos anónimos han prestado su apoyo a entidades de ayuda, la familia ha resultado ser el mejor cable para amortiguar o evitar una caída mayor. Pero eso no significa que haya que cambiarlos mediante un proceso revolucionario. Deben adaptarse y cada vez más rápido, porque los cambios son cada vez más rápidos y con gran ambiente de incertidumbre. Debemos mejorar la justicia y seguramente más aspectos de nuestra joven democracia representativa. No habrá una segunda transición por mucho que se insista desde los movimientos populistas.

El mayor error del presidente Rajoy ha sido intentar solventar el mayor error del presidente Zapatero. Si el presidente Zapatero utilizó medidas cuasipopulistas con una gestión económica nefasta en los inicios de la crisis, incluidos los primeros recortes, el presidente Rajoy estableció como hoja de ruta, gestión económica, gestión económica y gestión económica sin política adicional. Ambos provocaron un daño a la sociedad que los neomarxistas han sabido aprovechar.

Por eso en la película que comentaba al principio, los políticos que se van al ver un anuncio donde se ve esperanza, futuro, reconciliación y optimismo, son políticos asociados con la izquierda (eso no lo sé por la película, lo sé por el estudio político que tuve que hacer de Chile, aunque se deja traslucir). Les quitaron el dolor para poderlo politizar.

Nota: Un buen amigo me dijo, que los artículos que publicamos no convencerán a nadie. Yo le diría a este buen amigo, que no busco convencer, busco dar argumentos y agitar conciencias. En este caso, estoy más cerca del trio dialéctico hegeliano.


 

[1] Fotograma de la película “No”. Con el permiso de las productoras Fabula Production/ Participant Media/ Funny Ballons

[2]  https://es.wikipedia.org/wiki/Plebiscito_nacional_de_Chile_de_1989


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