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La relevancia de la identidad personal.

1 Jun , 2016  

Antonio Puech Lissén

Racionales, pero a tiempo parcial

Derek Parfit es un filósofo británico, nacido en China en 1942, vinculado académicamente a la Universidad de Oxford, que, entre otros asuntos, ha destacado por su influyente trabajo sobre la identidad personal, uno de los problemas filosóficos más discutidos. En sus reflexiones sobre lo que es el yo acude a experimentos mentales que, como en el caso de los teletransportadores, parecerán muy próximos sobre todo a los aficionados a la ciencia-ficción. Parfit se cuestiona sobre la continuidad de la persona cuando se modifica de algún modo alguna propiedad del individuo, ya sea propiedad física o psicológica. Famosa es su frase ”el yo no es lo que importa” (Reasons and Persons, 1985), que es muy representativa de su tesis sobre la irrelevancia de la identidad personal, que se puede encontrar en su obra Personas, racionalidad y tiempo (2004). Anticipo que discrepo de Parfit a este respecto, como se comprueba por el título de este artículo, y será lo que trate de explicar en las próximas líneas.

Como cuestión previa, quisiera adelantar muy brevemente mi posición de partida para una mejor comprensión de mis comentarios a propósito de lo postulado por Parfit sobre la identidad personal. Desde mi punto de vista los estados mentales se pueden identificar con los estados cerebrales. De esta manera, entiendo que la conciencia es un proceso cerebral que tiene carácter subjetivo, de primera persona, pero que a su vez podría ser considerado como un objeto, desde tercera persona, si tuviéramos la capacidad de acceder a la constitución más profunda del estado neurobiológico. Por lo tanto, no es que lo físico influya en lo mental y lo mental en lo físico, sino que es la misma cosa. Los estados conscientes se realizan en el cerebro como rasgos del sistema cerebral y existen, por lo tanto, en un nivel superior al de las neuronas y sinapsis. Coincido con el filósofo estadounidense John Searle quien sostiene en Mind: a brief introduction (2004) que, por sí misma, una neurona no es consciente, pero las partes del sistema cerebral compuestas por ellas sí lo son. Los estados conscientes son causados en su totalidad por procesos neurobiológicos de nivel inferior con sede en el cerebro. Se puede afirmar que la conciencia no es una entidad o propiedad independiente, sino que sólo es el estado en que se encuentra el cerebro. Coincido también con Searle cuando sostiene que el estado de conciencia de una persona en cualquier momento dado es causalmente determinado en su totalidad por su neurología. Todos nuestros estados psicológicos sin excepción, conscientes e inconscientes, están, en cualquier instante dado, íntegramente determinados por el estado del cerebro en ese momento. Cualquier cambio en el estado psicológico exigiría un cambio en la actividad cerebral. Lo psicológico no es más que lo neurobiológico descrito en un nivel más elevado.

Considero que la identidad personal está condicionada por la continuidad material del cerebro, donde están registrados nuestros estados mentales, ya sean pensamientos, recuerdos, sentimientos, voliciones, creencias, etc. No importa que nuestros recuerdos sean ciertos o no, hayan sido inducidos por terceras personas o producto de nuestras experiencias propias; tampoco importa que nuestras creencias también sean mudables, por convencimiento propio o inducido. Nuestra identidad personal se ve condicionada desde el nacimiento por la impronta que deja nuestro entorno en forma de experiencias sensoriales, experiencias cualitativas o conocimiento experimental.

Parfit acepta la perspectiva reduccionista ya que, de forma concisa, define a la persona como una entidad que tiene cuerpo y que tiene pensamientos y otras experiencias, negando explícitamente la tesis de que el ego sea uno determinado, es decir, indivisible y de existencia continuada, adscrita a sustancias inmateriales como almas o egos cartesianos.

De la misma manera, Parfit parte del postulado de que la identidad personal a lo largo del tiempo consiste en la continuidad físico y/o psicológica. Esta idea inicial se puede completar de dos formas diferentes. Según una versión de esta teoría, lo que hace que experiencias diferentes sean las experiencias de la misma persona, es que son, o bien cambios en los estados de un cerebro alojado en un cuerpo, o, al menos, cambios relacionados causalmente de forma directa por dicho cerebro. Este es el enfoque con el que coincido según he explicado anteriormente.

Sin embargo, Parfit prefiere seguir una línea alternativa que él denomina reduccionismo constitutivo: el hecho “identidad personal” es distinto de los hechos acerca de la continuidad física y psicológica. Pero ya que aquél consiste simplemente en éstas, no es un hecho independiente o que se obtenga separadamente. Por consiguiente cree que los hechos acerca de las personas no pueden ser meramente ciertos. Su verdad debe consistir en la verdad de hechos acerca de cuerpos y de ciertos eventos que interrelacionan aspectos mentales y físicos. Si conociéramos estos otros hechos, tendríamos todos los datos empíricos que necesitamos.

Parfit, para ilustrar sus razonamientos, acude a experimentos mentales extremos, que podemos calificar de ciencia-ficción, en los que se modifica alguna característica de los individuos para poner en entredicho la continuidad de la identidad personal. Por ejemplo, el caso del teletransportador consiste en cuestionar la continuidad de la persona que se somete a la disolución de sus células, de su estado material en el lugar de origen, para proceder a su restauración en el lugar de destino. Se pregunta por la continuidad de esa persona, suponiendo que se han podido mantener sus estados mentales de forma fidedigna con el original.

Desde mi punto de vista la continuidad de la persona, del yo, únicamente se produce si la materia constitutiva del cuerpo es la que verdaderamente se ha teletransportado. Si no es así, nos encontraremos ante un replicante de mi persona. Si la copia fuera perfecta no habría posibilidad de distinguir original de copia, y, en el caso de que coexistieran ambos, serían dos individuos cuyas identidades personales serían independientes desde el momento que cada uno tiene sus experiencias propias (dolor, sentimientos, pensamientos, etc.), aunque compartan una memoria y otras características de su personalidad que, a partir de ese momento, variarán de manera autónoma. Podemos afirmar que cada uno viviría su propia primera persona.

En los casos en los que se sustituyera mi cuerpo por otro cuerpo distinto, como el de Greta Garbo, Parfit considera que únicamente está claro que yo dejo de existir en el caso de la sustitución absoluta de toda mi materia por la de Garbo, mientras que, con cambios parciales, no hay respuesta. Discrepo de Parfit, ya que mi respuesta sería la siguiente: si lo que se cambia es una parte cualquiera del cuerpo, distinta del cerebro, mi yo continúa, aunque se cambie el cuerpo entero (sería un trasplante de cuerpo). Sin embargo, mi yo dejaría de existir en el momento en que se cambiara alguna parte de mi cerebro, ya que se perdería algún grupo de neuronas, con sus correspondientes estados cerebrales/mentales, y se introducirían otros distintos (no aplicaría a neuronas que no generen estados mentales). Habría continuidad sólo de una parte de mis estados cerebrales que tendrían que convivir con otros distintos. Habría un yo, una primera persona, pero la identidad personal habría sufrido una discontinuidad. En el caso de que la sustitución fuera de medio cerebro se daría algún tipo de locura, al estilo del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Esta diferencia de criterio sobre si hay respuestas o no las hay, es donde se encuentra el origen de las posteriores discrepancias con Parfit.

Por lo anteriormente dicho, también disiento cuando Parfit concluye que la identidad personal no puede estar sólo constituida por la continuidad física y/o psicológica, ya que no encuentra respuestas para algunos casos en los que ha puesto en duda la continuidad personal.

Parfit considera igual de insignificante la discusión sobre si un equipo de música sigue siendo el mismo una vez se le han reemplazado la mitad de sus componentes, que la discusión sobre la continuidad de una identidad personal cuando se ha producido la sustitución de la mitad del cuerpo. Lo considera una discusión puramente verbal. No puedo compartir esta consideración, ya que no podemos pensar que sea una cuestión meramente verbal que yo deje de existir mañana. Nadie quiere dejar de existir. Lo importante no es que haya un yo cualquiera, una primera persona que sienta y piense, sino que ese yo sea el mismo de ayer, que sea mi yo, mi primera persona.

Parfit rechaza la idea de la identidad personal sea lo que importe en la supervivencia, rechaza que lo que nos da razón para preocuparnos por nuestro futuro sea, precisamente, qué será nuestro futuro. Realmente lo que le importa a Parfit es la continuidad y la conectividad psicológicas que, en los casos ordinarios, se mantienen entre las diferentes partes de la vida de una persona. Pero considera que estas relaciones solo coinciden aproximadamente con la identidad personal, ya que, al contrario que la identidad, son, en parte, cuestión de grado. Parfit no podría sostener lo anterior si equiparara identidad personal con continuidad físico/psicológica, como considero que es lo correcto: si la identidad personal solo es la continuidad física del cerebro, y consideramos esta importante, también lo es la identidad personal. Así creo que se puede afirmar que lo verdaderamente relevante es la identidad personal.

Parfit insiste en un ejemplo, que considero análogo al de los replicantes de la teletransportación: sustitución gradual o de una sola vez de todas las células del cerebro. Parfit considera que al cambiar el cerebro de una sola vez se rompería la continuidad y ese yo dejaría de existir, lo que no ocurriría en el caso de sustitución gradual. Vuelvo a discrepar de Parfit ya que considero que en ambos casos se ha roto la continuidad físico/mental, ya que las células no son las mismas en ninguno de los dos casos, por lo que la identidad personal se ha roto. Parfit acude a la analogía del barco al que se le sustituyen piezas poco a poco hasta que no queda ninguna original. Desde mi punto de vista se ha roto la continuidad material. ¿Qué ocurriría si con las piezas retiradas construyéramos el mismo barco? El resultado sería que tenemos dos barcos iguales, uno de ellos formado por las piezas originales. Si se considera el criterio importante el de la continuidad material diríamos que el original sería el barco construido con las piezas retiradas. Esto, que puede ser dudoso en los entes inanimados, lo considero relevante en la identidad personal.

Considero que el caso más problemático de los que plantea Parfit es aquel en el que se divide el cerebro de una persona en dos y, desde ese momento, residen ambas mitades en cuerpos distintos, considerando que mantienen ambos hemisferios las características psíquicas del sujeto original. Podemos afirmar que hay continuidad material del cerebro con sus correspondientes estados mentales. Este caso sería el de una identidad personal, que deja de ser única, para dividirse en dos identidades independientes que vivirán su “yo”, su primera persona de forma independiente una de otra. Si como considero correcto, lo primordial de la identidad personal es garantizar su continuidad en el tiempo (lo que nos preocupa de nuestro futuro es que será nuestro futuro), es dudoso que ningún sujeto acepte dividir su cerebro en dos, cuando puede garantizar su continuidad, manteniéndose como un único cerebro. Si alguien asumiera ese riesgo, supondría que tiene un problema con su identidad personal. Podría ser el caso de que Mr. Hyde se quisiera separar del Dr. Jekyll. en cualquier caso estaríamos ante una identidad personal anómala.

Entiendo que nadie asumiría ninguna intervención en el cerebro teniendo la certeza de que su yo, su identidad personal, fuera a desaparecer. Nadie quiere dejar de existir. La identidad personal es muy relevante para mí porque da sentido a nuestra vida, al llevar implícita, no solo nuestra narración de lo ya vivido, sino nuestros proyectos futuros, la proyección de nuestra identidad en el porvenir.


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